Cuentan
que la edad media fue un período histórico de oscurantismo. Fue época de las
cruzadas, persecuciones religiosas y atropello hacia la cultura y nuevas ideas.
Y el temor prevalecía en todas partes, y era el patrón de conducta para
controlar a las personas. Posteriormente vino la revolución industrial, y
surgimiento de nuevas ideas. Fue los momentos del surgimiento de nuevos
pensadores e inventores que marcarían la diferencia en su siglo, y en los
tiempos posteriores. Sin embargo también fueron perseguidos porque chocaban con
el pensamiento de la época.
Con el transcurso del tiempo llego el siglo XX. Tiempos de grandes guerras y revoluciones, pero también surgimiento de grandes cambios culturales e inventores que se oyen en la historia de nuestros días. Se dieron grandes avances en la medicina, física, química y otras ciencias. Y después de grandes avances llego el famoso siglo XXI.
En nuestro querido siglo XXI hemos sido protagonistas del avance de la informática, el auge del gigante de Internet, las invenciones de cámaras digitales, filmadoras, DVD e invenciones en el sonido digital. Se fueron los discos de vinilo, que recuerdo en ocasiones con gran melancolía. Ahora tenemos los celulares de alta tecnología, la música digital en aparatos con audífonos que en ocasiones sin querer nos aíslan del medio exterior, y del contacto con otras personas. Y el mensaje a veces es: “no me hables, no quiero ser molestado “
Pero, qué hemos perdido y qué hemos ganado. Con esta gran tecnología hemos perdido el contacto con nuestros semejantes, ya no visualizamos una bella noche estrellada con una esplendida luna llena. Ya no nos deleitamos con un bello atardecer y anochecer al final del día. Ya no escuchamos a los pájaros cuando se inicia el día. No percibimos al pequeño colibrí que visita las flores cuando amanece. No disfrutamos un pequeño chubasco de lluvia, y la niebla que se viste en las montañas.
Ahora, nos limitamos a ver los paisajes en fotografías digitales. Y como dice el refrán:
“no es lo mismo ni se escribe igual “. No es lo mismo percibir los olores, colores y sonidos de un paisaje sin igual. La prisa y la aceleración en la vida cotidiana nos han ganado. Y solo se puede percibir esta linda calidad de vida en pequeñas zonas rurales en donde el auge de la civilización no les ha ganado la batalla. Y le doy gracias a Dios porque tengo la dicha de contar con esta bendición.
Pero no todo es malo. Gracias a la globalización y al Internet nos podemos comunicar en cualquier del mundo con nuestros amigos y seres queridos, y establecer contactos con nuevas amistades sin tener que atravesar grandes fronteras. Y esto es una gran ventaja.
Los niños de este siglo nacieron con una alta dependencia hacia la tecnología. Ya a los tres años tienen un celular de juguete en la mano. No conocerán muchos la muñeca de trapo, el caballito de madera, el juego de metras y la perinola porque eso ya no es de su generación. En mi infancia yo recuerdo las eternas tardes en partidos con naipes, el escuchar cuentos de mis padres, el jugar con patines de cuatro ruedas en el garaje de mi casa sin la presencia del gigante fantasma de la televisión. Y en aquel entonces estos juegos eran muy divertidos, y nunca me aburría, sin mencionar la participación con los juegos de mesa que hacíamos en familia.
Pero todo cambia, y no se puede volver al ciclo de ayer. Y hay que tomar lo bueno, y desechar lo malo. Usar la tecnología sabiamente y enseñárselas sabiamente a nuestros hijos. Pero los valores no deben ser desplazados, aunque la furia y la aceleración de nuestra sociedad moderna quieran destruirla. Esta en nosotros en que esto no cambie, porque los valores deben mantenerse eternamente y enseñarse desde la más tierna infancia.
Con el transcurso del tiempo llego el siglo XX. Tiempos de grandes guerras y revoluciones, pero también surgimiento de grandes cambios culturales e inventores que se oyen en la historia de nuestros días. Se dieron grandes avances en la medicina, física, química y otras ciencias. Y después de grandes avances llego el famoso siglo XXI.
En nuestro querido siglo XXI hemos sido protagonistas del avance de la informática, el auge del gigante de Internet, las invenciones de cámaras digitales, filmadoras, DVD e invenciones en el sonido digital. Se fueron los discos de vinilo, que recuerdo en ocasiones con gran melancolía. Ahora tenemos los celulares de alta tecnología, la música digital en aparatos con audífonos que en ocasiones sin querer nos aíslan del medio exterior, y del contacto con otras personas. Y el mensaje a veces es: “no me hables, no quiero ser molestado “
Pero, qué hemos perdido y qué hemos ganado. Con esta gran tecnología hemos perdido el contacto con nuestros semejantes, ya no visualizamos una bella noche estrellada con una esplendida luna llena. Ya no nos deleitamos con un bello atardecer y anochecer al final del día. Ya no escuchamos a los pájaros cuando se inicia el día. No percibimos al pequeño colibrí que visita las flores cuando amanece. No disfrutamos un pequeño chubasco de lluvia, y la niebla que se viste en las montañas.
Ahora, nos limitamos a ver los paisajes en fotografías digitales. Y como dice el refrán:
“no es lo mismo ni se escribe igual “. No es lo mismo percibir los olores, colores y sonidos de un paisaje sin igual. La prisa y la aceleración en la vida cotidiana nos han ganado. Y solo se puede percibir esta linda calidad de vida en pequeñas zonas rurales en donde el auge de la civilización no les ha ganado la batalla. Y le doy gracias a Dios porque tengo la dicha de contar con esta bendición.
Pero no todo es malo. Gracias a la globalización y al Internet nos podemos comunicar en cualquier del mundo con nuestros amigos y seres queridos, y establecer contactos con nuevas amistades sin tener que atravesar grandes fronteras. Y esto es una gran ventaja.
Los niños de este siglo nacieron con una alta dependencia hacia la tecnología. Ya a los tres años tienen un celular de juguete en la mano. No conocerán muchos la muñeca de trapo, el caballito de madera, el juego de metras y la perinola porque eso ya no es de su generación. En mi infancia yo recuerdo las eternas tardes en partidos con naipes, el escuchar cuentos de mis padres, el jugar con patines de cuatro ruedas en el garaje de mi casa sin la presencia del gigante fantasma de la televisión. Y en aquel entonces estos juegos eran muy divertidos, y nunca me aburría, sin mencionar la participación con los juegos de mesa que hacíamos en familia.
Pero todo cambia, y no se puede volver al ciclo de ayer. Y hay que tomar lo bueno, y desechar lo malo. Usar la tecnología sabiamente y enseñárselas sabiamente a nuestros hijos. Pero los valores no deben ser desplazados, aunque la furia y la aceleración de nuestra sociedad moderna quieran destruirla. Esta en nosotros en que esto no cambie, porque los valores deben mantenerse eternamente y enseñarse desde la más tierna infancia.

6 comentarios:
Estoy de acuerdo contigo, Judith. Por eso me gusta aislarme algunas veces, e irme a disfrutar de los paisajes y la naturaleza. Y eso que soy adicta a internet y a las tecnologías. Pero hay que saber usarlas.
Un besazo.
Un excelente artículo, Judith. Hemos avanzado para ir retrocediendo en el sentido de aislamiento y relaciones a más larga distancia. Es un poco paradójico.
Totalmente de acuerdo con todo lo que manifiestas con tus palabras.
Para eso tal vez se escribe: para que nada quede en olvido y la belleza en sí misma de la vida, con todo lo atroz que pueda llegar a ser.
lo que mas extraño son las cartas de puño y letra, el cartero y los juegos de mesa... y la libertad perdida de los niños, las tardes con los juegos en las veredas, los grupos de niños jugando, todo eso entregado a la veloz tecnología, pero ellos y nosotros debemos adaptarnos, y buscar la poesía de lo cotidiano, hermoso escrito, saludos Rebecca
Cuánta razón tiene.
Bienvenida a La Bailarina descalza. Estamos muy content@s de que esté entre nosotros.
Este artículo lo escribió Judith, pero también, como ya sabe, parte esencial del blog, como lo son todos los autores, es Rebecca.
Saludos y abrazos.
Recuerdo mi infancia sin juguetes electrónicos,donde la imaginación era la protagonista,y las largas cartas que nos escribíamos.A veces,añoro aquella época.Ahora es todo demasiado
impersonal,nuestros hijos han nacido en una época donde la tecnología es la que manda, aunque de nosotros depende el educarlos sabiendo que puede compaginarse juegos reales y de ficción.
por lo menos en mi casa lo tenemos muy claro.
Millones de besos.
Sabias palabras, impecablemente expresado y escrito.
Me ha encantado Judith, es una gran lección de historia, educación y forma.
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