
"Prometiste llevarme al bosque. Íbamos a ir al bosque. Tú me dijiste que te dieron ganas de llorar cierta vez en un bosque de todos los sentimientos que te inundaron uno tras otro. Iríamos juntos y tú nunca me dejabas sola.
Estabas encantado de que te acompañase a todas partes. Habíamos hecho burla al fantasma soledad, acechando siempre a cada ser humano desvalido o triste.
Me sentía muy unida a ti.
Me enseñarías la nieve. Y tantas tantas promesas.
Nos querríamos como nosotros solo sabíamos que queríamos que nos quisieran. Y yo pensé que eras un regalo del cielo. Y tú me dijiste que yo era lo mejor que te había pasado.
Y en una tarde se desvaneció todo.
Ahora dices otra cosa, pero yo me despertaba a carcajadas. Me encantaba hablar contigo. Eso de que el afecto nunca me faltaría me emocionó y me llegó muy dentro.
Tú tenías respuesta para todo. Tu gran corazón.
Y repentinamente todo se llenó de tristeza, quedaste con ese amigo. ¿Qué culpa tenía yo?Dios mío. Todos mis sueños destruidos en una noche. En un segundo. En una llamada esperada hasta los confines de la tierra.
Y cuando me desperté, toda confiada y despistada, eran las diez. No habías llamado. El pánico de saber lo que había ocurrido, no habrían poemas de amor entre nosotros, ese fluido de saber qué queríamos, ese amor recíproco, roto, completamente.
¿Qué pasó?
Me duele, ay, me duele.
Y tú, me echaste, te olvidaste de mí. Otra vez.
Me echaste a un lado cuando tu vida estaba semi ordenada.
Qué hago yo. Qué estoy haciendo.
Me apeteció gritar al viento qué era lo que quería, o lo que no quería: no quería más sexo por un tiempo. Me había sentido utilizada, tonta, y rota.
Lo siento mucho por todos.
Necesito paz. Que me dejen tranquila. Estoy llena de dolor y necesito que me escuchen.
No quiero nada más que afecto.
Nada más.
Dejadme ya.
Dejadme todos.
No puedo más. No quiero más."
Entonces comprendí y aproveché esa oportunidad de soledad. Estaba muy enfadada conmigo misma.
Fui absolutamente imprevisible incluso para mí misma y yendo a la estación de autobuses pedí un billete para la sierra.
Nunca había sido capaz de ir yo. ¿Por qué esperaba que los demás me llevasen?
Durante el camino mi ánimo se fue calmando y estaba más tranquila, dando paso al cansancio tras tanta energía negativa que me desgastaba cada vez más.
Cuando llegué a la falda de la montaña y empecé a subir, habiendo dejado atrás el pueblo, hallándome repentinamente en pleno bosque, entre los árboles, dejé de pensar para empezar a sentir, y fue lo más maravilloso que mis sentidos pudieron percibir al mismo tiempo.
Dejé que mi espalda resbalase por el tronco de un árbol para caer a la tierra, y todo volvió a su orden: aquéllo tenía sentido. Por fin paz.
No importa el tiempo que pasó. Me hubiera quedado a vivir allí, si hubiera podido. Y ahora vuelvo siempre, siempre que puedo, no únicamente cuando algo me agobia.
Andar descalza por allí y observar o estar muy quieta es lo que me satisface verdaderamente. Estoy en conexión con todo y la tierra me acoge, no me hace daño ni yo a ella.
No hay soledad ni dolor, no existe el miedo.
¿Por qué los hombres se empeñan en talar los buenos sentimientos para hacer muebles que crean solo estrés soledad y ansiedad?
Lo ignoro.
Prefiero un bosque a un mueble y también el sonido de la naturaleza a la música del hombre, siempre ego, ego, ego.
Volví a casa con mamá. Quería verla más que nunca. Quería abrazarla y expresarle todo el amor que había sentido más el que mi corazón siempre desborda para ella. Me miró feliz. Estábamos bien.
Cuando llamaron por teléfono sonreímos. Estaba empezando a vivir con mayúsculas. Ambas sabíamos quién era. Y por qué letra empezaba su nombre. Arriesgarse siempre es mejor; es vivir con mayúsculas.
Ya no me sentía como antes.
Carolina Torrecilla García, escrito en Málaga a 13 de agosto de 2010