
martes, 30 de marzo de 2010
SUSÚRRAME, SUSÚRRAME, SUSÚRRAME

lunes, 29 de marzo de 2010
NOSOTROS DOS

domingo, 28 de marzo de 2010
sábado, 27 de marzo de 2010
VIAJE AL INFINITO POR EL UNIVERSO

jueves, 25 de marzo de 2010
SENSIBILIDAD
eran reflejo de la dulce tarde
de primavera
en la que por fin salí a pasear
después de tiempo,
del polvo en el sofá,
manta sobre el cuerpo,
lágrimas sobre la almohada.
Vine llena de canciones
de jóvenes arriesgados
que venden sus propios discos
y de pájaros que alzan su canto
anunciando la primavera
aun a las siete de la tarde.
Miré al cielo
y mi sonrisa
devolvió otra
a un rostro sombrío
que se cruzó con el mío.
Tenía mil razones nuevas para vivir
sin estrenar.....
Una vez en casa
con la brisa fresca
en la sonrisa...
Me gristaste.
Durante un minuto
mi rostro fue reflejo del tuyo.
Di media vuelta ´
y subí las escaleras,
recuperando la sonrisa
porque en mi corazón
estaba la tarde,
la primavera en mi ventana
en mis ojos el amor, mis libros,
y mi sonrisa fresca
apareció nuevamente.
La alegría era y es demasiado fuerte
para lapidarla con amenazas.
Carolina Torrecilla García. Málaga, a 25 de marzo de 2010.
miércoles, 24 de marzo de 2010
The Police - Every Breath You Take (Subtitulada en Español)
BESOTES
DANGEROUS LOLA.avi
Ya conocíamos a Lola, sin duda con dos orejitas como las del Playboy, pero con muchísimo más estilo, lo siento chicas, así es la vida.
Como decía, Lola siempre es ella misma, y no tiene que actuar ni con la cámara delante porque nadie la intimida, ni se intimida ante nada. Esta es nuestra Lola.
Sencillamente, auténtica. Gracias quienes han hecho posible este vídeo para que nos animemos con ella.
Lola: has estado genial, como siempre.
martes, 23 de marzo de 2010
SU MEJOR AMIGO

lunes, 22 de marzo de 2010
ESCALANDO SIEMPRE, SIEMPRE.

domingo, 21 de marzo de 2010
CONFESIONES

sábado, 20 de marzo de 2010
LOS PAJARILLOS QUE SE CONOCIERON Y EL SABIO QUE LOS DESCUBRIÓ

jueves, 18 de marzo de 2010
Pendiente de tí
Cerca del precipício.
Con un pié en la tierra y tus ojos lejos de ella.
Mirando la nube, lo hetéreo, lo infinito.
No caes. Mantienes las cosas en su sítio,
pero a veces el viento te engaña.
Te hace creer en el miedo.
Levantas tus manos y lo espantas.
Lo alejas de tí.
El abismo sigue ahí, esperándote.
Pendiente de tí. Obcecado.
Las nubes grises se irán algun día,
empujadas por un viento gentíl.
Que solo pide jugar con tus cabellos.
No temas, no caerás.
Tu alma es ligera y dócil como una rosa de mayo.
Pronto verás salir el sol
que tanto esperas.
Aquí, a mi lado.
martes, 16 de marzo de 2010
BIENVENIDO A BORDO
Ya te echábamos de menos, Jaime. Eres siempre bienvenido. Correremos grandes aventuras todos, contigo y gracias a ti. Es estupenda tu llegada, las puertas siempre abiertas a nuestro amigo. A bordo, para correr aventuras, sin límites, donde el horizonte no dispone de barreras ni para la imaginación ni para la gran aventura de vivir.
Podemos vivir todo lo que queramos a través de las letras, y con ellas impulsarnos como desde un trampolín para realizar nuestros sueños y cambiar nuestras vidas: lo que nunca hicimos y quisimos hacer y hacer soñar así a nuestros amigos que nos leen; si de esta manera alguien se siente transportado y logra al menos navegar con nosotros y realizar lo que quiera, ser capaz sencillamente de llevar un par de zapatillas deportivas o, qué sé yo, bailar un poco y así volar un poco más alto, ya será algo que me haría llorar de felicidad.
Bienvenido a bordo, querido amigo.
Gracias por volver.
Tu amiga:
Carolina.
Torrecilla García.. Málaga, a 16 de marzo de 2010.
Te quiero... pero como amigo
lunes, 15 de marzo de 2010
CAROL, LA BAILARINA DELCALZA

Carol sentada frente al ordenador escribía palabras en su blog personal, éstas fluían a borbotones como un santuario de coloridas mariposas monarcas, al compás del tema de Cathedrals.
Esa tarde todo parecía transcurrir como siempre: Los gritos alborotados de los niños y adolescentes enfervorizados, que salían de los colegios aledaños a su casa, lograron por un momento distraerla de una de sus actividades favoritas: Escribir.
Se asomó a la ventana para observar mejor: Allí estaban aquellos padres, recibiendo a la entrada del establecimiento escolar, a sus hijos; fundidos en abrazos que iban y venían, fundidos como los pétalos de una rosa recién nacida. Más allá una pareja de adolescentes enamorados se rifaban mimos sin la menor compasión por aquellos que los fisgoneaban envidiosos. Estas escenas trajeron en Carol, recuerdos y añoranzas de momentos felices, pero de otros no tantos; presurosa y con un gusto amargo en la boca, cogió el pote de dulce de leche que le había obsequiado su amiga desde Argentina.
Sabía a manjar, tan dulce y aterciopelado; a ella le encantaba esta exquisitez oriunda de las Américas, casi como una adicción; degusto un poco, complacida de haber logrado quitarse de una vez por todas el sabor amargo que comenzaba a surgirle en el centro del pecho. Igual que una peculiar luz de emergencia, que nos avisa que están próximos a asomar pesares que preferimos guardar bajo el acolchado gris del olvido o el desván de las cosas muertas y sepultadas: unas por dañinas; y otras al contrario, por haber sido tan amadas y ya no tenerlas.
Los ojos le dolían, ella había pasado largo rato escribiendo, la música había terminado y un silencio acogedor la acompañaba, inundándolo todo. Se refregó los parpados, y decidió recostarse en el sillón azul, con la simple intención de descansar un momento la vista; antes dirigió su mirada a la cajita de música con la bailarina clásica que elegante con su tutú rosado y florecitas en el cabello, se lucía sobre una mesa baja de madera junto a la lámpara marmolada. Tomó a ésta entre sus manos e hizo girar la cuerda; la danzarina comenzó a realizar círculos, al son de las notas musicales. Carol se deleitaba como una niña, es que ella profesaba una gran admiración por el ballet clásico y sus exponentes. En su infancia había soñado con ser una gran bailarina; pero las vueltas del destino, sincronizadas y prefectas, como las de la muñequita de aquel cofre musical la condujeron por otros derroteros que no pudo evitar.
Seguidamente cogió nuevamente la pequeña cuchara, prometiéndose sería la última vez, pues el sabor era exquisito: pero tampoco era cuestión de pecar de gula. Saboreó un bocado del dulce, muy despacio, en tanto lo daba vueltas y vueltas en el interior de su boca. Entre los movimientos redondos de la danza de la diminuta bailarina, el sonido a campanitas, y el sabor del manjar todavía en sus labios, Carol empezó a relajarse, más y más, hasta quedar completamente dormida.
¿Dónde estoy? Se peguntó ya en sueños, aturdida, mirando en derredor. Aquel sitio parecía ser una especie de gran teatro abovedado, dedujo por el telón de fondo con la imagen de un cristalino y enorme lago; pintura que alcanzaba a otear pasmada, sin poder entender nada, todavía estática a un costado del escenario; y tras de lo que supuso era el sitio denominado en la jerga teatral con el nombre de bambalinas.
Un grupo de bailarinas evidentemente de género clásico, por sus tutús al estilo italiano, de un blanco inmaculado, corrían presurosas para salir a escena.
La música de Tchaikovsky provenía con toda fuerza y magnetismo desde la parte donde se hallaba ubicada una gran orquesta de variados instrumentos, con un director que muy concentrado marcaba los movimientos y ritmos; justo bajo el proscenio del escenario.
El aplauso del publico sonó estruendoso proveniente de las gradas, y esto no hizo más que confirmar la hipótesis de Carol acerca del lugar donde se hallaba y que aquello era la interpretación del Lago de los Cisnes. Ensimismada estaba deleitándose con el movimiento de las bailarinas, ya en escena, que apenas reparó en la mujer regordeta y de peinado recogido, que se le acercó por detrás, con los nervios en las manos.
— ¡Carol! ¡Por Dios! ¡Prepárate hija! En diez minutos sales —a borbotones mientras le acomodaba los pliegues vaporosos de organza del tutú— ¡Milena! ¡Ven urgente! —ordenó a otra mujer con cabellos negros de corte estrafalario y el tatuaje de una libélula en el hombro derecho. Ella acudió muy rápido munida de un peine y un fijador de cabello en la mano, presurosa acomodó el rodete y la corona de plumas nevadas, que lucía Carol rodeándole la cabeza.
Fue en ese preciso instante que ella salió de su letargo y sorpresa, bajo la vista y reparó en su vestimenta: falda tutú de estilo tardo-romántico y zapatillas de punta con cintas como hiedras blancas enroscadas a su tobillo, amarrándola a un sueño; que ahora corría el riesgo de convertirse en una pesadilla.
Luchando contra las fantasías y apelando a la cordura, Carol aclaró: —Disculpen pero eso es un error, yo no…
—Shusss calla Carol, tú eres capaz de todo, luego de recuperarte del accidente como lo hicisteis —soltó la mujer mirándola fijamente.
—Pero es que no entendéis, hay una confusión, yo no sé bailar; por lo menos no a este nivel, no podría nunca interpretar a Odette…
—Carol os conozco desde niña, cuando veníais a aprender con tu maillots y calentadores a rayas, por ese entonces y a tan corta edad, ya afirmabas con seguridad que serías una gran bailarina; cuando usaste las primeras puntas en tus zapatillas llorasteis de emoción. Siempre fuiste la primera en llegar a tus prácticas y la última en retirarte, danzabas hasta hacer sangrar tus pies y no te importaba.
Carol deseo interrumpir de vuelta, pero se detuvo, empezaba a sentirse cómoda; al fin y al cabo la magia de los sueños le estaba haciendo vivir algo que siempre había deseado, y no habría nada malo con disfrutarlo. Ella asintió con la cabeza, haciéndole saber a esa mujer que la estaba escuchando con atención.
—Y llegaste, vaya que llegaste, hija, eres una de las bailarinas más famosas y valoradas por tus colegas —prosiguió la mujer, pero esta vez con expresión algo tensa—; luego paso lo del accidente automovilístico, permaneciste convaleciente y tus piernas apenas se movían, prácticamente tuviste que aprender a bailar de nuevo, te caíste y levantaste miles de veces, y volvías a comenzar con la misma fuerza de voluntad. La mayoría apostaba que no lo haríais, aseveraban que tu carrera había llegado a su fin; pero tú mi niña —apoyando sus manos en las mejillas de Carol, y con los ojos aguados—, tú lo hicisteis, te esforzaste sin cansancio, y estas aquí de vuelta, y toda esta gente que te admira ha venido a disfrutar tu regreso. Eres un milagro Carol, no tengas miedo, recuérdalo siempre que tengas que enfrentar la vida, como ahora.
Carol percibió una sensación cálida y reconfortante lloviznándole de norte a sur.
—Salid, ahora —indicó un hombre de gafas con un cronómetro en la mano.
La mujer de aquellas sabias palabras la condujo a la salida. Carol rezo en voz baja y colocó el primer pie sobre el escenario; las luces de los reflectores inmediatamente se apostaron todas sobre su figura.
Dios, como voy a bailar, esto; lo haré como bailo en mi casa y listo. Vamos Carol tu eres capaz, se alentó; para seguidamente comenzar la danza de las jóvenes cisnes, del segundo acto. Extendió su pierna derecha y enseguida la otra le acompaño sin el menor esfuerzo, más que correctamente alienada y centrada en su eje; saltaba por los aires como una pluma, cruzando las piernas y girando como trompo desafiaba la gravedad. Descendía suavemente, apenas rozando el piso; ascendía ligera y diáfana, ejecutando todos y cada unos de los pasos de los allegros a la perfección.
Por suerte no son las zapatillas rojas de Andersen, caviló aliviada en el receso, observando las suyas blancas de puntas.
Los demás actos transcurrieron con igual excelencia; al finalizar el cuarto y último acto el compañero de Carol, interpretando a Sigfrido le tomó de la mano; ambos se inclinaron saludando al publico que enfervorizado y de pie ovacionaba a los bailarines, especialmente a Carol, a su perseverancia y fortaleza. Mil rosas caían a sus pies, reverenciando su valor.
Dichosa en esta parte del sueño se hallaba Carol cuando el halo de luz indiscreto filtrándose por la ventana, y el bullicio proveniente de la acera la despertó. Despabilándose y tratando de rememorar y atesorar cada detalle del mismo, ella decidió salir a la acera a disfrutar del sol; es que aquel sueño le había inyectado una dosis de alegría extra.
Se había dado cuenta, que ella era la del sueño; la bailarina potente y suave como los pasos del ballet, moviéndose al son de la danza de la vida.
Allí, se encontraba Carol cuando de repente un auto negro surgió desde la esquina sin previo aviso y alta velocidad, en el preciso instante en que un niño se disponía una cruzar la calle. Tal imagen erizó su piel, advirtiéndole que estaba a punto de presenciar una desgracia; y ella no era de las que se quedaban cruzadas de brazos, y menos ahora en esta etapa de su vida.
Sin pensarlo dos veces, corrió con todas sus fuerzas y empujó al niño hacia atrás. Los dos cayeron al piso; en tanto, el negligente conductor ni siquiera freno, dejando una nube de polvo tras de él.
— ¿Estáis bien? ¿No os duele nada? —interrogó Carol al niño de pecas cafés, nariz respingona y mochila azul eléctrica en la espalda.
—No estoy bien —balbuceó, tiritando y todavía con temor.
Un aplauso sonoro cortó el diálogo, Carol pestaño para cerciorarse de que estaba despierta, pues dichos aplausos se parecían a los del sueño; pero no, aquellos provenían de un grupo de personas, testigos de lo sucedido, que agolpadas en la vereda, aplaudían a la heroína y al niño.
Vaya día, caviló Carol, mostrando una hilera de flores de azahares desde una oreja a la otra y una constelación de estrellitas en las pupilas.
Luego de las consabidas felicitaciones de la gente, y cuando los padres del niño retornaron a éste sano y salvo a su hogar, Carol regreso a su casa, dispuesta a festejar como ella le agradaba: bailando en su casa sola y descalza; pero el sonido del timbre sonando en la puerta le indicó que iba a ser interrumpida. A regañadientes abrió la puerta.
—Hola soy tu nuevo vecino —se presentó un joven maduro con remera celeste, apostado en la puerta, con expresión afable.
Carol lo miró sorprendida.
Es que aún faltan más sorpresas, a este tren, no sé si llegaré viva. Tantas emociones, y ahora un príncipe celeste, maquinó divertida, pues ella era demasiado inteligente como para saber que el príncipe azul no existe; pero tampoco tan pesimista como para dejar de creer, que quizás puede existir algo aproximado.
—Si —preguntó acomodándose el mechón tras las orejas.
—Solo quería presentarme y felicitarte por lo que habéis hecho hoy…—efectuó una pausa como si quisiera tomar coraje—, y bueno deciros que para lo que necesitéis aquí estoy… y que si os parece, y no tenéis otro compromiso, podemos ir al cine o donde gustéis un día de estos.
—Ok, gracias —contestó poniendo su pie izquierdo, oculto tras el derecho en punta.
—Y veo que gustáis del dulce de leche, con razón —deteniéndose de lanzar lo que él suponía una cursilería demasiado apresurada para el primer encuentro: No se animó a confesarle que ella era tan dulce, porque comía ese postre a base de leche y azúcar—Bueno, hasta pronto, vivo aquí a la vuelta —balbuceando entre timidez y regocijo.
—Nos vemos —agitando su mano en señal de despedida.
Carol cerró la puerta, y largo a reír. Ella ignoraba lo que depararía aquella amistad con el nuevo vecino, si llegaría a transformarse en algo más o si era el hombre que soñaba, tampoco tales interrogantes le preocupaban; ella simplemente se dejaría llevar por los acontecimientos, dejaría que la vida la sorprenda, y bailaría a ritmo. Sabía que se tenía a sí misma; que poseía también, una alforja repleta de sueños inacabables por los cuales vivir, y un manojo abrigado de amigos que la amaban en las tempestades y reían con ella en la calma. Y eso era lo importante.
Colocó un tema de Jump, arrojó sus zapatos guillerminas verdes a un costado y se dispuso a bailar descalza y con ganas, como siempre lo hacía, como siempre lo hará.
© Melody Paz
Melody Paz es mi amiga. Nos hemos conocido hace relativamente poco, a través de este misterioso mundo que es la red, y yo le escribí una especie de misiva en este mismo blog: MI AMIGA MELODY PAZ, ella me contestó un poema, y me escribió este cuento maravilloso.
PARA TODOS AQUELLAS PERSONAS, TANTAS, CON LAS QUE ME EQUIVOQUÉ Y METÍ LA PATA: LO SIENTO.
No es broma si les digo que no conocía a Belinda ni sé siquiera quién es, pero la canción me viene a pelo con lo que quiero decir: no soy la niña buena que era hace unos años.
Esta canción he leído en algún sitio, es para su madre. Bien: yo la quiero dedicar a todas aquellas personas con las que metí la pata, a las que herí y me perdonaron, pero siento que la sigo metiendo y esa culpa no se va.
Lo siento mucho chicos. Es lo que hay, porque me esfuerzo considerablemente cada día para ser mejor persona y solo quiero ser una buena persona. Hace tiempo que no sé quién soy ya.
Me perdí en el camino de encontrarme a mí misma.
Y me torné en lo contrario de lo que era. Eso duele.
Ahora debo reconstruírme de nuevo, pero de forma diferente, y está costando.
Quiero dar las gracias a todas las personas que me han ido acompañando durante el camino de esta aventura que es la vida. A todas las quiero y las recuerdo con amor.
A las que permanecen y a las que vinieron nuevas tienen mi corazón. Espero que me comprendan.
Por el futuro no hablaré. Espero ir aprendiendo.
Gracias a todos.
Os quiero mucho. Besos.
QUE QUIERO SER EL BUEN SALVAJE

sábado, 13 de marzo de 2010
viernes, 12 de marzo de 2010
MI AMIGA CREADORA DE HISTORIAS MELODY PAZ

jueves, 11 de marzo de 2010
COHERENCIA

miércoles, 10 de marzo de 2010
VIVIR COMO LAS FLORES

-¡ Pues vive como las flores!- le dijo el maestro
-¿Como es vivir como las flores?- preguntó el discípulo
-Pon atención a esas flores -, continuó el maestro, señalando unos lirios que crecían en el jardín -.Nacen en el estiércol y sin embargo son puras y perfumadas. Extraen del abono maloliente todo aquello que les es útil y saludable, pero no permiten que lo amargo de la tierra manche la frescura de sus pétalos. Es justo angustiarse con las propias culpas, pero no es sabio permitir que los vicios de los demás te incomoden. Los defectos de ellos son de ellos y no tuyos. Y si no son tuyos, no hay motivo para molestarte......Ejercita, pues, la virtud de rechazar todo el mal que viene de fuera y perfuma la vida de los demás haciendo el bien. Entonces te harás bien a ti. Esto es vivir como las flores.
Relato anónimo
Málaga, a 10 de marzo de 2010

Te escribo desde España a las cuatro y veinte de la madrugada.
martes, 9 de marzo de 2010
CARTA DE UNA CONVALECIENTE

lunes, 8 de marzo de 2010
NO OLVIDES TU CORAZÓN


En realidad todo es amor,domingo, 7 de marzo de 2010
Lo dijo Churchill....
viernes, 5 de marzo de 2010
CUANDO JOHN LENNON SOÑÓ Y EN PARTE ALGO SE CUMPLIÓ









jueves, 4 de marzo de 2010
LEYENDA DE LAS ALGAS-- DE JULIA CHAKTOURA

LEYENDA DE LAS ALGAS
de Julia Chaktoura
En los comienzos de la evolución de las especies, el primer hombre americano fue el rey
de la creación en tan vastas tierras. Su inteligencia lo dotó de todas las habilidades que le
sirvieron para sobrevivir en aquellos durísimos tiempos.
Presuntuoso por su condición soberana, hubo un día en que se creyó omnipotente y osó
exigirle a Dios que le otorgara la inmortalidad.
El Señor, magnánimo con su criatura, le dijo:
—Te lo concedo a cambio de que aceptes el don del amor.
Envalentonado por la respuesta favorable, recibió la proposición con regocijo.
Los días pasaron y este hombre conoció a la primera mujer que Dios le ofrendó. Ella tenía
los ojos del color del mar, profundos, como él lo había visto una vez, durante su
interminable vagabundeo.
El don del amor hizo que el hombre se enamorara con locura, pero la mujer, que aún no
poseía ese don, permaneció indiferente.
El hombre usó todas sus habilidades para conquistarla: salía a cazar y cocinaba manjares
para ella, curtió la piel de un guanaco hasta convertirla en un suave plumón, hizo figuras
en arcilla y pintó murales en cañadones y cuevas. Pero ella lo ignoraba por completo.
Desesperado, invocó nuevamente a Dios para cambiar su destino solitario. Y Dios le dijo:
—Sólo puedo concederte que ella te ame, pero no he de hacerla inmortal. Ese será el
castigo que soportarás por haber sido tan soberbio.
Así fue como ese hombre y esa mujer se amaron tiernamente por muchos años. Él le
prometió que vivirían juntos por siempre. Sus hijos se multiplicaron y vivieron en medio de
la abundancia de la cordillera de los Andes.
2
El hombre creyó que aquella felicidad nunca terminaría, pero una mañana comenzó a
notar algunas arrugas en el rostro de la mujer y que su cabellera negra mostraba hebras
grises. Ese cambio lo inquietó, pero como desconocía los efectos de la vejez, no le dio
tanta importancia, porque el color del mar continuaba brillando en los ojos de ella.
Pasaron algunos años más y la mujer comenzó a encorvarse y a caminar con lentitud,
aferrada a una vara. Las arrugas marcaban la piel de su cuerpo, el pelo parecía pasto
escarchado y sus ojos marinos ya no le dejaban ver el sol del amanecer. Él, en cambio,
continuaba siendo joven y fuerte.
Y llegó el día en que la mujer murió. El corazón del hombre supo lo que era sufrir el
desgarro ante el dolor de la pérdida de su compañera.
Entonces hizo la promesa de que jamás volvería a cortarse el cabello, en señal de duelo,
hasta que pudiera ir a reunirse con ella.
Uno a uno vio crecer y envejecer a sus hijos y luego a sus nietos, biznietos, tataranietos y
choznos. Pasaron infinitas generaciones de descendientes hasta que, vencido por la
tristeza, comenzó a caminar rumbo al Este, en busca del mar que le devolvería el color de
los ojos amados.
Anduvo miles de leguas. Cada vez que se detenía a beber al borde de un lago veía
reflejado el rostro juvenil que le recordaba su actitud.
Muchos siglos habían pasado, pero la pena era tan larga como su cabellera. Una mata
inmensa de pelo se extendía a sus espaldas por los valles, se enganchaba en los
arbustos y arrastraba consigo hojas, espinas y ramas. Ese peso convertía su andar en un
calvario insoportable.
Desfalleciente, el hombre se hincó en la tierra y arrepentido lloró con amargura por su
pecado.
Entonces Dios supo que ese hombre había comprendido el mensaje y decidió concederle
un último deseo.
3
—¡Quiero ver el mar y después morir! —rogó.
Y fue escuchado.
Luego de subir la última colina, apareció el océano, espléndido en su inmensidad. Era
como si los ojos de la mujer estuvieran desmesuradamente abiertos y lo envolvieran con
su mirada verde.
Hechizado por el brillo de las olas que se movían como abanicos de espuma, el hombre
caminó por la playa hasta hundirse en el agua fría pero acogedora. Su cabellera comenzó
a flotar y se volvió ingrávida. Una brisa besaba el rostro varonil mientras el sol parecía una
explosión en el horizonte.
Lentamente el hombre se entregó al abrazo marino. Su pelo larguísimo se desparramó
transformándose en refugio y alimento de los habitantes del mar y quedó para siempre
convertido en algas como testimonio de aquella promesa de amor.
miércoles, 3 de marzo de 2010
CARTA A MI AMIGA Mª MERCEDES CASTRO
martes, 2 de marzo de 2010
¡¡¡TENGO OTRA BAILARINA EN CASA!!!
lunes, 1 de marzo de 2010
SIEMPRE TE RECORDAREMOS





